Los longevos

                  El longevo don Aurelio que andaba por los 98 años, se sentaba en su banquito en el patio del fondo, en la puerta de la  pieza, porque  así, en cualquier momento que se sintiera un poco mal o simplemente cansado (desde luego no  por trabajar sino por su edad), le era fácil deslizarse a la cama y descansar un buen rato. De todos modos doña Bibí –de dos años menos que él,-  de tanto en tanto echaba un vistazo por la ventana de la cocina o de la pieza para ver si su consorte necesitaba algo, que tanto podía ser por ejemplo su pequeña radio a pilas para hacerse malasangre escuchando noticiarios, como determinado libro de su biblioteca, que había quedado reducida a una repicita de la cocina.
Eso sí, a la tardecita, después de la merienda, le gustaba pasar una o dos horas en la vereda para echar un vistazo a la calle, para lo cual se llevaba su inseparable banquito, que era como parte integrante de su cuerpo. Pero no se estacionaba en la puerta de su casa sino en la esquina, a unos metros de allí, porque desde ese lugar su área de observación era mucho mayor y tenía más probabilidades de captar transeúntes vecinos con quienes intercambiar algunas palabras que a veces, para su desgracia, sólo se limitaban a simples y rápidos saludos de rutina porque todos iban apurados. De este modo estaba más al tanto que cualquiera de las grandes y pequeñas nuevas del barrio y del país que luego, en la cena, le comentaba a su mujer. Observándolos de lejos a ambos en la mesa, por los gestos y actitudes de ella se podía intuir la poca o mucha importancia de esas nuevas. Si la mujer tomaba la sopa con tranquilo y normal ritmo, era un signo evidente de que no le importaba si los piqueteros habían cortado la Panamericana o había líos en Plaza Mayo. Pero si detenía un instante la cuchara y lo miraba fijo era porque estaba oyendo algo de cierta importancia, como podía ser que la vecinita Armandita se había teñido el pelo de rubio o si Germana finalmente hacía logrado entrar como empleada en el Ministerio.
Después de la cena y una vez que doña Bibí limpiaba la mesa y lavaba y secaba los platos y cubiertos, cómodamente sentados en el patio del fondo, mientras tomaban fresco, él hacía un repaso general de las novedades que había contado porque siempre le quedaba algo en el tintero, como por ejemplo:
-¡Ah, no te dije! Lo del viaje de los Ramírez a las Cataratas quedó todo en la nada. Me contó el mismo don Félix, porque resulta que…
 Luego, intercambiaban opiniones sobre lo que debía hacer tal o cual vecino para solucionar determinado problema, y si no lo tenía, cómo actuar para evitarlo en el futuro. De tanto en tanto uno de los dos se quejaba:
-¿Pero por qué, digo yo,  la gente no hace las cosas como corresponde?
-¡Eso! ¡Y encima después se queja!
+++Aunque ellos eran pobres, no tenían hijos  y vivían de sus magros haberes jubilatorios, habían hecho todo lo que estaba a su alcance en los arreglos y el mantenimiento de  la vieja casa en la que vivían, que era de un tío de él que emigrara a Italia hacía décadas sin dar luego más señales de vida.  
  En tiempos idos, cuando él estaba en buenas condiciones físicas, los fines de semana había pintado la casa en más de una temporada y de punta a punta, tanto  por dentro como por fuera. ¿Almorzar o cenar afuera? No recordaban haberlo hecho nunca, salvo afuera, en el patio de la casa, en verano. ¿Viajar? Después de haberlo hecho como 40 años cada uno desde Ezeiza a Constitución ida y vuelta con el Roca,  si sumaban todos esos kilómetros con toda seguridad equivalía a varios viajes alrededor del mundo. ¿Y viajar más, para qué?
Plantas de adorno y de sombra, plantas frutales y flores, legumbres y verduras, habían tenido también en el fondo trabajando él los sábados y domingos en tiempos que conocía el reuma ni el lumbago.
¿Leer? Lo habían hecho toda la vida tanto en casa como en  los bastante largos viajes en tren, hasta que la casa se llenó de libros y terminaron donándolos a la biblioteca del pueblo y a algunas escuelas.
¿Música? Ambos estaban cansados de escuchar durante décadas la mayoría de los tangos y por lo menos la mitad de las piezas folklóricas tanto por radio como después con el tocadiscos Winco, época en que tenían abundantes discos de 78, 45 y 33 revoluciones,  aparte de un montón de cintas grabadas con un Geloso.
Televisión: la conocían desde sus comienzos, allá por el año 52, habiendo visto pilas de películas nacionales y extranjeras, shows, programas cómicos y noticieros. Hasta Cable tuvieron desde que salió ese sistema del cual años después se aburrieron y borraron.
También habían tenido coche que disfrutaron un tiempo hasta que él, al advertir que no estaba  en condiciones de manejar por la decadencia de su visión  y sus reflejos, decidió venderlo. Pero no le estaban desagradecidos y tenían un buen recuerdo del noble cochecito que hizo todo lo que pudo para servirlos.
-Eso, -dijo concluyentemente Aurelio una  noche, -eso tendrían que hacer todos, darse no digo todos los gustos sino los que están a su alcance y no como  ese papanatas de mi primo Nicolás, que se pasó la vida acumulando  plata. Y no se casó porque no encontró una mujer que no comiera ni se vistiera, por esa maldita manía de amarrocar dinero que no sé para qué le sirve ahora, viejo como yo, solo como un hongo y comiéndoselo los piojos y la roña porque por no gastar ni siquiera para hacerse limpiar la casa una o dos veces por semana a una de esas pobres mujeres que trabajan por hora y que necesitan unos pesos para alimentar y criar a sus hijos menores. 
-¡Eso!,- replicó ella también concluyentemente.- ¡Eso es lo que digo yo también!




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