MG - Raquel de Toro, escritora, poeta.

RAQUEL DE TORO    
Ligada a M. Grande por  lazos ancestrales y por haber vivido y transitado años de infancia en él,  ha publicado varios libros de investigación, poemas, cuentos y novelas. Ha  recibido premios y reconocimientos y es activa integrante de varias entidades culturales. Reproducimos su original y conocido cuento "El fulet", a pedido de dos de nuestros distinguidos colaboradores.
                            
                                             El "fulet"

    ¿Usted sabe quién es el "Fulet"?
    Muchísimas personas piensan que, en la vida, ocurren hechos que no responden a ninguna lógica humana.
    Usted y yo, en varias oportunidades, hemos extraviado algo. Por ejemplo: los anteojos, alguna alhaja, un documento. Sabemos que está en la casa. Revisamos todo: cajones, roperos, alacenas y hasta los más recónditos lugares, sin ningún resultado. Movilizamos a todos los allegados, hasta que, finalmente, damos por perdido el objeto buscado y renunciamos a tratar de hallarlo. Pero... sorpresivamente, cuando menos lo pensamos, aparece el endemoniado objeto, a la vista de todos o en el primer lugar que revisamos y donde toda la familia puso sus ojos y demás sentidos para encontrarlo. Y allí está: parece regalarnos una sonrisa burlona y desafiante. "-¡Qué tonto fuiste! No me viste y estaba aquí, al alcance de tu mano, tan tranquilo, esperando..."
    Cada uno tiene su cábala o recurso para el hallazgo de lo extraviado. Mi hermana, por ejemplo, le reza a San Antonio y le enciende una vela. Según ella, esto es infalible. El Santo actúa sobre su subconsciente y de repente la enfrenta con el objeto de sus desvelos.
    Pero a veces las cosas no son tan sencillas.
    Mi prima ataba un pañuelo a una pata de la cama y decía: "Santo Pilato, la cola te ato; si no aparece... no te desato". Y allí quedaba el pañuelo hasta que se ponía marrón o gris, por la tierra acumulada. A veces el objeto aparecía y el pañuelo, dejado en prenda, era cuidadosamente lavado y guardado.
    Mi bisabuela Angela, austera italiana, contaba siempre que existe un duendecillo que en dialecto milanés se lo llama "Fulet". Se divierte escondiendo las cosas y cuando menos uno lo espera, las hace aparecer. Una vez, de las tantas, yo perdí un anillo con una perla. Era regalo de compromiso de mi primer marido. La última vez que recordaba haberlo puesto en mi dedo anular izquierdo, era a la mañana de la pérdida. Había estado en el jardín de mi casa y alrededor de la piscina, sacando hojas del agua. Después de la siesta y sin decir nada a mi consorte, comencé la búsqueda. Pedí ayuda a los niños del barrio. Prometí una jugosa recompensa para el que lo hallara. Los pequeños recorrían todo el parque, alrededor de la casa, escudriñando entre los arbustos y las plantas. Alguien pensó que podía haber caído dentro de la pileta. Como era verano, estaba llena de agua clara. Se veía el fondo, pero del anillo, ni rastros. Algunos de los más intrépidos y que sabían nadar, se arrojaron a las aguas y bucearon hasta tocar el fondo que fue minuciosamente inspeccionado. ¡Nada! Parecía que la joya se hubiese evaporado. Cuando al atardecer comenzó a sombrear el parque, los niños vecinos fueron abandonando poco a poco la infructuosa búsqueda. Esa noche fue amarga para mí. No podía confesar a mi marido la pérdida del anillo, pues me reprocharía la falta de cuidado que ponía yo en conservar los objetos que él me regalaba.
    Pasaron dos días sin noticias del anillo. Seguí buscando distraídamente y sin esperanzas, por los caminitos del parque. Inútil empeño. De improviso, la mucama que trabajaba en casa, vino corriendo hacia mí. "¡Señora, señora! ¡Apareció el anillo que tanto buscaba!".  "¿Dónde?", inquirí yo. "En el dobladillo de su solera. Cuando lavé la prenda y la iba a planchar" - me dijo la mucama - "noté un pequeño bulto en el ruedo y allí estaba el anillo".  ¿Qué había pasado? ¿Era otra vez el "Fulet" que lo había escondido? O, tal vez yo lo guardé, sin pensar, en el bolsillo de la solera que estaba descosido en su parte inferior y de allí se habría deslizado hasta el dobladillo que estaba también, en partes, descosido. "Eso te pasa - dijo mi marido, ¡tan comprensivo! - por ser desprolija y usar la ropa descosida". Bueno, quizá tuviera razón.
    Otra vez, otro anillo. El liso, de oro, que me colocó mi esposo en el anular izquierdo, en el momento solemne de la boda. ¡Qué horror! Se me cayó también en el jardín. Pero lo peor del caso, es que no había tiempo para buscarlo. Estábamos realizando algunas diligencias para partir de viaje a Europa, por bastante tiempo. Yo, apurada, iba y venía a mi estudio, que estaba al otro lado del parque. En una de esas corridas, llevaba los anillos en la mano para ponérmelos sobre la marcha. Pero... faltaba la alianza. ¿Qué hacer? Recorrí el caminito buscando al desaparecido. No podía irme de viaje sin el anillo. Mi marido iba a notar la ausencia y seguramente me iba a cuestionar mi falta de cuidado y mi inveterada distracción. Cuando perdía algo, yo solía decirle: "Es el "Fulet" que me lo escondió". Y él, indefectiblemente me respondía: "De qué "Fulet" me hablás. No es más que tu desorden y no sabés nunca dónde ponés las cosas".
    Pero esta vez no había excusas. Pensé en el pañuelo de Desdémona, cuya pérdida le costó la vida en manos de su celoso marido Otelo, según la tragedia de Shakespeare y la ópera de Verdi. No sería para tanto; pero sí podría desencadenar una pequeña disputa conyugal. Entonces... me concentré y me comuniqué con el "Fulet". "¡Devuélveme el anillo, por favor!", le supliqué mentalmente. De pronto, sobre un macizo de flores, vi. brillar una lucecita que se movía en forma pendular. Me acerqué al lugar. La luz... o ¿sería la reverberación del sol?, comenzó a desplazarse y seguí con la mirada su zigzagueante recorrido. Se detuvo. Yo también. Allí, entre la hierba, casi oculta pero refulgente, estaba la alianza de oro. La tomé y, apresuradamente me la coloqué en el dedo anular de mi mano izquierda, prometiéndome no volver a sacármela. Promesa que no cumplí cabalmente.
    Regresé presurosa a la casa. Terminé de cerrar las valijas. Emprendimos ese soñado viaje al viejo mundo. Pero no conté a nadie este extraño acontecimiento. Hasta hoy en que escribo este suceso. Pensé que nadie iba a creerme que había visto al "Fulet" y que se apareció ante mis ojos crédulos, como una pequeña chispa ardiente que me señalaba el lugar donde el duendecillo había escondido mi anillo.
    A lo largo de los años seguí perdiendo cosas. Casi siempre las hallé, después de búsquedas, promesas, rezos... y ruegos al "Fulet".
    Posiblemente este personaje que se divierte escondiéndome lo que necesito, en el momento más angustiante, no sea más que mi distracción o mi desorden, como me lo han repetido tantas veces. Sin embargo, a mucha gente le pasa lo mismo y quizá sin tanta suerte de hallar lo perdido, inesperada  y oportunamente.
    Y ¿ahora qué? Créamelo, lector... no encuentro todas las hojas que llené con los originales de los cuentos que anteceden a éste.
    "¡Fulet!", lucecita, genio travieso o duendecillo; sea lo que fueres:
¡Devuélveme los manuscritos o no podré terminar este libro!

1 comentario:

  1. Leyendo El Fulet, se admira no sólo la maestría con que la autora hace el relato, sino una realidad por la que todos hemos transitado en más de una oportunidad en el diario vivir. Es un relato sin desperdicio. Felicitaciones, Raquel.

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